martes, 1 de octubre de 2013

¿Cómo hacer para ver todas las series de tu watchlist?

IMDB es un adicción: entrás para ver cuándo se estrena la próxima temporada de una serie, y listo, no salís nunca más. Consejo:  cuando entres, no estés apurada ni corta de tiempo, porque vas a llegar tarde al trabajo, te vas a perder la primer clase en la facu o te vas a dormir a las tres de la mañana. En semiótica calificaríamos al sitio como centrípeto, porque una vez que ingresaste te impulsa hacia adentro. Hoy, justamente, entré con un fin específico que, por cierto, ya no recuerdo, y ahora me encuentro haciendo una lista sobre series que ya ví y las que quiero ver, mirando trailers, pispeando algunas listas malas hechas por la gente, mirando fotos, conectando personas, descubriendo películas...
(En alguna entrada próxima voy a hacer un pequeño análisis de imdb)

Cada vez que entro, inevitablemente, agrego alguna película a mi watchlist. El término "alguna" me queda realmente corto, casi siempre son más de cinco... o de diez... o de quince... Para colmo, no hay película que no me intrigue en algún aspecto. Entonces miro la tele y termino en imdb, miro una serie y termino en imdb, veo un afiche, alguien me suena conocido y termino en imdb. Ineludible. Es más, hay veces que me dejo las páginas abiertas para averiguar sobre nuevas cosas la próxima vez que toque la compu. Espero que nadie esté pensando "Esta piba es una enferma".

En fin, así es como llegué a tener una lista de más de quinientas películas para descargar (las que están en la watchlist de imdb) y ciento treinta y siete pelis bajadas en la pc esperando a ser vistas. Además tengo veintinueve series descargadas (algunas en proceso, otras en reposo), y otras setenta en la lista para bajar. Y eso que trato de moderarme. Para aquellos que lo estaban pensando, ahora lo afirman: "Esta piba ES una enferma"

Hace dos segundos miraba mi watchlist y me preguntaba: ¿Cómo sorongo hago para ver todas estas series? (ni si quiera me pregunté por las películas, así que... supongo estoy algo resignada)

Claves para lograr el objetivo:

En primer lugar, tenés que ser una persona solitaria y no depender de nadie para ver las series, porque los tiempos del otro nunca se adaptan a los nuestros, y no queremos tener que estar esperando a alguien para mirar la tele. Además, te vas a quedar siempre con intriga... No, es una actividad para uno.

En segundo lugar, no trabajes. Si trabajás, tenés obligaciones que, probablemente, te saquen mucho tiempo. Conjuntamente, es muy posible que tengas una carga horaria fija, lo cual te impediría mirar la serie en determinado momento del día, semana o mes. Existe la posibilidad de usar el horario de laburo para mirar la serie, pero, si haces esto, es muy factible que te rajen, por lo cual vuelve a cumplirse esta segunda premisa.

En tercer lugar, hay que tener plata. Esta condición va de la mano con la anterior: como no trabajás, no generás ingresos. Sin ingresos, no se puede pagar la luz, el cable o internet, ni tampoco (en caso que alguien quiera escapar a la ilegalidad de la piratería) alquilar películas. Esto sin tener en cuenta los demás consumos necesarios para la subsistencia de una persona. Entonces, sin plata no hay series.

Cuarto, no estudies. Nada de carreras universitarias, terciarios,secundarios, tecnicaturas. Nada. Si bien el tiempo de cursada puede llegar a ser poco, te saca horas en tu casa: tenés tarea, parciales/pruebas/exámenes, trabajos prácticos, leer textos para la clase siguiente, hacer tal ejercicio, leer tal novela, escribir tal ensayo, y así sucesivamente, dejándote nada de tiempo para hacer lo que nos compete, es decir, MIRAR SERIES. Para eso vinimos a esta vida, y así nos vamos a ir; mirando series.

No salgas, no tengas vida social, ni amigos, ni familia... Lo único que hacen es ponerte palos en la rueda. Se ponen entre vos y las series, te separan de tu objetivo. No queremos eso. Además, ¿se puede llamar amigo a aquél que se interpone en tu camino? Yo no lo creo. Definitivamente, no valen la pena.

No tengas hobbies ni pasatiempos: como su nombre lo indica, te sacan el tiempo. El tiempo se va y no vuelve, señores. Así que nada de andar gastándolo con lectura, macramé, tejido y demás cosas de abuela. Hay que ir directo a los bifes. 

Séptimo, dormí las horas necesarias según tu edad: si tenés menos de diesiocho, dormí nueve o diez horas, preferentemente de noche. Si sos un adulto, o joven adulto, con ocho horas es más que suficiente. A partir de los cincuenta años, seis horas. Mayor de setenta, muchas veces al día, pero por poco tiempo. Ya escucharon: dormir lo justo y necesario. Nada de remolonear en la cama, nada de "Diez minutos más". Cuando hay que dormir, hay que dormir. Cuando hay que cumplir con el deber, hay que cumplir con el deber.

No te bañes, o bañate lo justo y necesario para no enfermarte.
No tengas teléfono ni timbre: que nadie venga a molestar
Comé comida rápida, que lleve no más de diez minutos en hacerse. O podés pedirle a tu mamá que te haga muchas comidas, las ponés en un tupper y derecho al freezer. Así, cuando tenés hambre descongelás una y listo. O también podés pedirla. Por internet, y avisando que tienen que dejarla en el buzón o golpear fuerte las manos. Nota: tener un buzón grande.
Vestite una vez a la semana, después de bañarte. Ponete ropa cómoda, que sirva tanto para el día como para dormir. 
No tomes mucho líquido, así perdés menos tiempo en el baño. Y cuando te vengan ganas, aguantate hasta que no puedas más. Lo mejor sería instalar el baño al lado del sillón o de la cama. 

Preparate para engordar, porque no vas a gastar tiempo del día haciendo actividad física y es una tarea muy sedentaria. Caloría que ingerís, grasa que se estaciona en el cuerpo. Y como está mal estacionada, va a venir la guardia urbana y le va a poner un cepo, volviéndola imposible de remover. Además, no hay cosa que vuelva más amena esta actividad que acompañarla con un buen snack.

Para cumplir con las premisas, tenés que estar en contra de los estándares impuestos por la sociedad. Pensalo: no estudiás, no trabajás, apenas consumís (lo justo y necesario para poder realizar tu tarea), no te relacionás. Sos un individuo. Estás aislado porque querés, pero como querés estar aislado, la misma sociedad va a terminar separándote. Te va a expulsar: va a mirarte de costado y juzgarte como "vago", hasta que llegue el día en que se hayan olvidado completamente de vos. Es necesario que quede claro que ver las series de tu watchlist no es ser un vago: como se puede ver, lograrlo conlleva mucho esfuerzo y perseverancia.

martes, 17 de septiembre de 2013

El mate.

Quiero citar algo que encontré haciendo averiguaciones sobre el mate. Las estaba haciendo para escribir algún post interesante acerca de distintos yuyos, prácticas, reflexiones. Pero cuando leí esto, me di cuenta de que todo lo que podía llegar a poner ya lo había resumido Lalo Mir y de una manera emocionante.

Con ustedes, un texto que me puso la piel de gallina (aunque no es tan difícil)


"El mate no es una bebida. Bueno, sí. Es un líquido y entra por la boca. Pero no es una bebida. En este país nadie toma mate porque tenga sed. Es más bien una costumbre, como rascarse.
El mate es exactamente lo contrario que la televisión: te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás solo.
Cuando llega alguien a tu casa la primera frase es ‘hola’ y la segunda ‘¿unos mates?’. Esto pasa en todas las casas. En la de los ricos y en la de los pobres.
Pasa entre mujeres charlatanas y chismosas, y pasa entre hombres serios o inmaduros. Pasa entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian o se drogan. Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni echarse en cara. Peronistas y radicales ceban mate sin preguntar. En verano y en invierno. Es lo único en lo que nos parecemos las víctimas y los verdugos; los buenos y los malos.
Cuando tenés un hijo, le empezás a dar mate cuando te pide. Se lo das tibiecito, con mucha azúcar, y se sienten grandes. Sentís un orgullo enorme cuando un esquenuncito de tu sangre empieza a chupar mate. Se te sale el corazón del cuerpo. Después ellos, con los años, elegirán si tomarlo amargo, dulce, muy caliente, tereré, con cáscara de naranja, con yuyos, con un chorrito de limón.
Cuando conocés a alguien por primera vez, te tomás unos mates. La gente pregunta, cuando no hay confianza: ‘¿Dulce o amargo?’. El otro responde: ‘Como tomes vos’.
Los teclados de Argentina tienen las letras llenas de yerba.
La yerba es lo único que hay siempre, en todas las casas. Siempre. Con inflación, con hambre, con militares, con democracia, con cualquiera de nuestras pestes y maldiciones eternas. Y si un día no hay yerba, un vecino tiene y te da. La yerba no se le niega a nadie.
Éste es el único país del mundo en donde la decisión de dejar de ser un chico y empezar a ser un hombre ocurre un día en particular. Nada de pantalones largos, circuncisión, universidad o vivir lejos de los padres. Acá empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez unos mates, solos. No es casualidad. No es porque sí. El día que un chico pone la pava al fuego y toma su primer mate sin que haya nadie en casa, en ese minuto, es que ha descubierto que tiene alma. O está muerto de miedo, o está muerto de amor, o algo: pero no es un día cualquiera. Ninguno de nosotros nos acordamos del día en que tomamos por primera vez un mate solo. Pero debe haber sido un día importante para cada uno. Por adentro hay revoluciones.
El sencillo mate es nada más y nada menos que una demostración de valores… Es la solidaridad de bancar esos mates lavados porque la charla es buena. La charla, no el mate. Es el respeto por los tiempos para hablar y escuchar, vos hablás mientras el otro toma, y es la sinceridad para decir: ¡Basta, cambiá la yerba!’ Es el compañerismo hecho momento, es la sensibilidad al agua hirviendo, es el cariño para preguntar, estúpidamente, ‘¿está caliente, no?’, es la modestia de quien ceba el mejor mate, es la generosidad de dar hasta el final, es la hospitalidad de la invitación, es la justicia de uno por uno, es la obligación de decir ‘gracias’, al menos una vez al día. Es la actitud ética, franca y leal de encontrarse sin mayores pretensiones que compartir."

Lalo Mir.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Banda: Room Eleven

Acabo de descubrir esta banda, nueva para mí.
Se llama Room Eleven

Aparentemente, es una banda holandesa. Según la Wiki, se formó en 2004 y se separó en 2009, lo cual me puso triste, porque realmente me gusta mucho su música. La voz de la cantante, Janne Schra, es alucinante, ultra melodiosa. Y ni hablar de lo hermosa que es ella también.


Me encanta, de verdad.



Tienen un estilo muy particular: Jazz y blues se podría decir, pero no estoy de acuerdo con encasillarlos en eso porque no se encierran en las leyes de un género, sino que traspasan las fronteras.

Los integrantes son: ¡todos hermosos!



Janne Schra (Vocales)
Arriën Molema (Guitarra)
Tony Roe (Teclado)
Lucas Dols (Bajo)
Maarten Molema (Batería)




Según leí por ahí, los Molema se abrieron de la banda, y los otros tres integrantes siguieron juntos. Formaron otra banda, Schradinova. Todavía no escuché nada, así que no podría decir nada al respecto.  ¿Qué tal si me cuentan ustedes?



¿Cómo descubrí la banda? Estaba mirando qué podía comprarme online, cuando encontré una marca de carteras y zapatos muy originales (de paso recomiendo: Katakali http://www.katakali.com.ar/), cuando una canción irrumpió en mis parlantes sin pedir permiso. Y menos mal que no pidió. La canción me voló los sesos, tenía que saber de quién era, cómo se llamaba y demás. Busqué por Google, tomando parte de la canción, a ver si me saltaba la banda. Nada. Evidentemente mi oído no captaba bien las palabras. Estuve, fácil, veinte minutos estirando la oreja para agarrar pedazos de canción en inglés. Nada.
Tenía que saber el nombre de la banda, o iba a colapsar. Como buena (futura) periodista jajaja, seguí mi investigación: mandé un mail a la marca de carteras con el fin único de preguntarles sobre la canción. Nunca respondieron. Es más, creo que ni siquiera se mandó el mensaje.
De repente mi mente se iluminó. Más de una vez había escuchado hablar de una aplicación del teléfono que reconocía canciones. Todo tipo de canciones. Me bajé una, Shazam (http://www.shazam.com/), que tal como esperaba, me dijo la banda y de qué tema se trataba. Excelente. La aplicación me hizo realmente feliz.

Les dejo acá la canción que me enamoró: Some days


Dato de cholula: El video clip de Bitch, se filmó en Argentina: entre Capital, La plata y Mar del Plata. El tema es una reinterpretación de la canción que escribió Meredith Brooks, llamada del mismo modo. Claramente, todos la conocemos por la famosa escena de la película What Women Want, en la que Mel Gibson quiere pensar como una mujer, entonces se depila, se maquilla, etc.
Pongo por acá también el video así cholulean conmigo!
Fichen la imágen del video: ¿No parecen los carritos de la costanera?

Espero de todo corazón que escuchen la banda y que les guste tanto como a mí!

lunes, 9 de septiembre de 2013

Cuento: Haciendo propaganda

Haciendo propaganda
Los políticos están cada vez peor, esto fue el colmo.
Dormía plácidamente cuando sonó el despertador más temprano de lo normal. No tenía ganas de levantarme. Diez minutos más. Cerré los ojos dispuesto a dormir los maravillosos diez minutos que me quedaban, pero en cuestión de un segundo volvió a sonar la alarma. Busqué el teléfono debajo de la almohada, acostumbro a ponerlo ahí, pero esa vez no lo encontré. Se había caído al piso y estaba en el lugar más recóndito que pueda existir debajo de una cama. No me quedó otra que levantarme de la cama, tirarme al piso y agarrar el bendito celular para apagar la alarma.
Como me había levantado más temprano, decidí aprovechar ese tiempo para tomar un buen desayuno y hacer un poco de gimnasia, así levantaba el humor. Me duché, me cambié hice la mochila y, como todavía quedaba tiempo, elegí irme en bicicleta, pero antes me descargué un mapa con las bicisendas: le iba a dar una oportunidad al plan de movilidad sustentable. Apenas salí de casa me vi envuelto en el ruido habitual del tráfico de lunes por la mañana, pero preferí no hacerme malasangre por el alboroto: quería disfrutar de mi saludable viaje.
Me subí a la bici y me puse a pedalear. Tomé la bicisenda de Carlos Calvo, que era la más cercana a mi casa. Mientras esquivaba baches y pozos, trataba de no perderle atención a los contenedores en el medio del camino, las motos que usaban la ciclovía como autopista y a los autos que paraban con balizas como si fuera un área de detención.
Luego de una cuantas cuadras, y una vez que hube agarrado el ritmo de la ciudad, miré mi reloj para asegurarme de que las complicaciones que había sufrido no hubieran alterado mi horario de llegada. Tenía tiempo de sobra. Un segundo después, levanté la vista y antes de que me pudiera dar cuenta, pasé por encima de una bolsa de basura que, evidentemente, se había caído por la mala recolección de los residuos. Irónicamente, luego de cerciorarme de que todo estuviese bien, un vidrio me pinchó una goma.
Rápidamente me bajé de la bici y caminé hasta San Juan, la avenida más cercana, para buscar alguna biciletería donde pudiera arreglar la rueda averiada. Al llegar a la avenida, un local de empanadas me hizo recordar que por ahí vivía María, amiga del secundario. Por suerte, y qué buena casualidad, en la planta baja de su edificio había un taller de bicis ¡Una bien! Me encaminé para ese lado. Me dijeron que no pasaba nada, que era un arreglo fácil,  y que podían tenerla lista para esa misma tarde. Les pregunté qué me podía tomar hasta Alem y Corrientes. Me contó que a dos cuadras había un puesto de bicicletas del gobierno, en el cual me prestaban una bici por determinado tiempo. Podría haberme tomado un bondi, pero ya venía con inercia para hacer ejercicio. Le agradecí al señor y me fui corriendo.
En el local me hicieron llenar unos papeles, firmar acá y allá. Llamaron a casa de mis padres para aseverar que era yo y preguntarles algunos datos. Mientras esperaba la confirmación del muchacho de camiseta amarilla, me tome el atrevimiento de agarrar un caramelo del frasco que se encontraba en el mostrador. La envoltura también era amarilla y tenía un triángulo negro. A pesar del motivo del dulce, lo vi apetecible. El hambre me estaba matando, así que lo comí placenteramente. Tenía un gusto indescifrable, pero no estaba mal: un baile de sabores confluyó en mi boca. Al tiempo que recordaba que tenía que ir al trabajo, el muchacho me dio el ok, así que tomé la bicicleta que me correspondía y me fui. Salí del local al grito de “muchas gracias” y volví al ruedo.
Retomé Carlos Calvo hasta San José, donde tuve que desviarme porque estaban arreglando la calle. Era plena hora pico y, sin embargo, no me importó. De hecho, pensé en que la calles gastadas del centro se merecían una reforma para evitar choques e incluso la misma destrucción del automotor, ya que había demasiados baches en esta zona. Ni se me ocurrió pensar en los costos de dicho arreglo ni en el dinero empleado en los mismos, que, dicho sea de paso, podría haber sido destinado a la educación pública, a la salud, etc.
Continué muy cómodamente mi camino. Llegué a la 9 de Julio en un santiamén. Me dispuse a cruzarla ni bien abriera el semáforo, cuando un silbato ensordeció mis oídos: un muchacho uniformado con los mismos colores y motivos que el que me había atendido en el puesto de bicicletas me llamo la atención por haberme detenido sobre la senda peatonal. Desde que se inauguró el Metrobus, la principal avenida de la ciudad había sido copada por la guardia urbana. Pensé en lo bien que estaba que hubiera control en una avenida tan caótica, en lo ordenado y ágil que se había vuelto el tránsito en esta zona, y en el buen mantenimiento de las instalaciones. Claro, no me acordé del presupuesto de las obras, de que significaba la destrucción de un símbolo patrio, de que se habían talado muchísimos árboles para su construcción, ni en que se había pintado la principal avenida porteña de color amarillo, convirtiéndola en más propaganda política.
Seguí mi camino por Tacuarí, pedaleando rápido porque ya se me hacía un poco tarde y no sabía cuánto podían demorar los trámites para la devolución de la bicicleta. Al llegar a México me encuentro con otro desvío por arreglo. Qué suerte que la ciudad esté en proceso de renovación, pensé. Ni se me cruzo por la cabeza recapacitar acerca de que todas esas obras al mismo tiempo y tan desorganizadas podían ser resultado únicamente del mal planeamiento de las mismas, ni en la cantidad de dinero que habían costado, que, por supuesto, era absurdo. En mi cabeza todo era fácil y llano. Ignoraba los detalles que escondían estos trabajos. Resultaba muy cómodo pensar en lo linda que estaba quedando la ciudad. Continué en mi pequeña burbuja hasta llegar a Bouchard y Lavalle, donde hice los trámites correspondientes y dejé la bicicleta sin pagar un peso. Estaba contentísimo.
Una vez que hubo terminado mi jornada de trabajo, llamé a la bicicletería para preguntar si ya estaba arreglada la goma. Me dijeron que recién para las siete de la tarde iba a estar lista, así que decidí pasar a visitar a María, que vivía justo arriba del taller. Me tomé un bondi y fui a su casa. Cuando llegué me recibió con un rico bizcochuelo y unos mates. Nos pusimos al día: hablamos del trabajo, de los amigos, de cine, de política. Lo de siempre. La charla, como acostumbraba, era entretenidísima. En un momento, como se había acabado el agua caliente del mate, María se levantó para calentar un poquito más. Mientras estaba en la cocina, me dijo sobresaltada: “¿Te enteraste de la nueva propaganda del Gobierno? Hicieron unos caramelos que cambian tu opinión política. No sé bien cómo funcionan, pero me parecen totalmente antidemocráticos ¡Es una guachada!”. El recuerdo de esta mañana se me vino automáticamente al cerebro. No lo podría creer. No se puede confiar en nada amarillo y negro, ni siquiera en algo tan dulce como un caramelo. Le pedí que me abra inmediatamente la puerta: tenía que ir ya mismo a reclamar.
Fui al local de Virrey Ceballos y me atendió otro chico de remerita amarilla. Le pregunte cómo podía hacer para revertir urgentemente el efecto. Me dijo que me tenía que dirigir a la sede central, pero que atendía estos casos sólo el primer día hábil de la semana, de diez a quince horas. Le insistí: necesitaba una solución y no podía esperar hasta el lunes siguiente, no podía ser conformista durante siete largos días. Además, ¿quién sabe? Quizás quedan secuelas… o me quema neuronas ¡Capaz se vuelve permanente! No. Me tenía que deshacer del efecto ya.

El muchacho me dijo que él conocía un remedio casero, pero que tenía terminantemente prohibido decírselo a los clientes. Agregó que yo tenía cara “de buen pibe” e incluso insinuó algo como “favor con favor se paga”. No con esas palabras, claro, pero leyendo entre líneas cualquiera llega a la misma conclusión: tenía que soltar un Roca si quería curarme. Hurgué en mi billetera, pero ni hablar del falso prócer. Asomó un Sarmiento, algunos Rosas. Los junté hasta que llegué a los cien pesos. “Cuando llegues a tu casa, toma siete tragos de agua sin respirar, y listo”, me respondió. “¿Como el hipo?” “Exactamente”.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Crónica sobre el encuentro con Ariel Idez y Martín Kohan

Un nuevo modo de enseñar, una experiencia distinta
       Del vínculo virtual al encuentro concreto
entre escritores y lectores


En el pasado mes de junio, los alumnos de Ciencias de la Comunicación de la UBA tuvimos la posibilidad de interactuar con dos autores que habíamos leído durante la cursada: Ariel Idez y Martín Kohan.
Nuestra primera aproximación a Ariel Idez fue a través de la lectura de su novela La última de César Aira, publicada en 2012 por la editorial Pánico al pánico. Aquí, el autor crea una figura narrativa despreocupada e inescrupulosa, por lo cual uno tendería a imaginarlo con una personalidad semejante a la de su narrador. No obstante, cara a cara la impresión que nos dejó fue distinta: se mostró tímido, retraído, algo tenso y desconcertado al verse envuelto en la situación de estar frente a tamaño auditorio compuesto no solo por meros lectores sino por lectores críticos; seguramente habíamos hecho algún análisis sobre su primera novela.
Idez es un joven escritor, licenciado en Comunicación y docente de la UBA. Actualmente colabora en los suplementos culturales de Página 12 y de Perfil, participa en un programa radial y escribe en el blog “El Mate Tuerto” que comparte con su íntimo amigo y colega Matías Pailós. En la charla se mostró muy jovial, pero sus nervios dejaron entrever la inexperiencia propia de la juventud.
A medida que avanzaba la charla Ariel iba desinhibiéndose para dar lugar a que emerjan dejos de aquél narrador inescrupuloso que había creado para contar las travesías del Enano Más Sexy del Mundo.  Quizás este comienzo algo estructurado se debió a su decisión de iniciar la clase con la lectura de un texto previamente escrito. En él, el autor se propuso explicarnos cómo concibe la relación entre la Comunicación y la Literatura; para ello recurrió a su experiencia personal: su paso a través de nuestra carrera.
Nos contó cómo fue descubriendo su vocación: a medida que avanzaba con sus estudios iba despertándose en él el interés por la literatura. Durante la cursada de una de las primeras materias de la carrera, precisamente Taller de Expresión I, se produjo su primer acercamiento al mundo literario; fue un “camino de ida”. Cada libro que llegaba a sus manos lo impulsaba a leer otros y esos otros, otros más. Cada autor que leía dejaba en él una impresión diferente, pero sólo algunos, sus favoritos, lo marcaron a nivel personal y dejaron huellas en su prosa. Estas nuevas lecturas lo tentaron a querer encarnar el rol de escritor, y así fue como se animó a escribir sus primeras líneas. Define este proceso como un círculo virtuoso entre lectura, experiencia y escritura. Un claro ejemplo de esto es la mismísima novela que trabajamos, en la cual se refleja permanentemente la intertextualidad con la obra de César Aira, e incluso se puede ver un dejo aireano en los modos de estructuración sintáctica en su escritura.
Para ilustrar su idea sobre el vínculo literatura/comunicación, Idez sostiene que un comunicador está mejor preparado para enfrentar los obstáculos que presenta el mundo literario gracias a las aptitudes brindadas por el estudio en el campo comunicacional: por un lado la carrera le proporciona al estudiante un gran contenido de cultura general, y por el otro también le otorga distintos modos de análisis, diversas focalizaciones. Así es como Ariel explica que tantos literatos contemporáneos hayan surgido de la carrera que nos compete; ellos cuentan con una gran facilidad para comunicar aquello que desean expresar: la escritura es un acto comunicativo.
Una vez hubo acabado de leer el texto que había escrito especialmente para la ocasión, se dispuso a respondernos las preguntas que le planteásemos. La primera fue muy atinada: “¿Cómo se le ocurrió la novela?”. Esto disparó los pensamientos de todos, y una extrema curiosidad ya que en esa interrogación se resumían muchas de las dudas de todos. Para dar contestación, en primer término, describió su gran admiración por el autor que inspira la obra, y agregó que entendía que él no había sido el único estimulado por el autor, pero que no quería que su novela se convierta en otra novela aireana. Entonces, debía diferenciarse del resto de los, como él los llama, “imitadores de Aira”: su novela no sólo iba a tener el estilo del escritor, sino que además se iba a proclamar aireana, iba a asumir su condición de inspirada en el excéntrico autor.
Para continuar con el relato acerca de “cómo se le ocurrió”, refirió a una anécdota personal, en la que él y una amiga suya conversaban sobre “la última de Cesar Aira”, pero cada uno se refería a un libro diferente. Luego, y para cerrar la historia, dijo que siempre se habla de cómo distintos escritores fueron definiendo la historia, y cambiando el presente o el futuro. Esto lo llevó a pensar sobre la posibilidad que otorga la literatura de crear mundos. Entonces, si un escritor puede crear un universo, por qué no también, puede destruirlo. Así fue cómo surgió la idea de su novela.
En respuesta a otras preguntas Idez nos comenta cómo llegó a publicar La última de Cesar Aira, y nos dice que no fue nada fácil. De hecho desde que la terminó de escribir hasta que devino libro, pasaron varios años, de los cuales no sólo no reniega, sino que además está orgulloso.
Otra pregunta fue si se sentía identificado con algún personaje, sobre todo con el Enano Más Sexy del Mundo, a lo que el joven escritor contestó que no y sí a la vez: que él tiene algo de todos los personajes, o que todos tienen algo de él. Supongo que es algo parecido a lo que nos pasa a cada uno de los lectores con la literatura, en especial cuando leemos un libro que nos apasiona: podemos encontrar en todos los personajes un mínimo reflejo de nosotros mismos.
Ariel Idez se fue mostrando cada vez más suelto y extrovertido. De vez en cuando hacía un chiste, se reía, hacía acotaciones perspicaces y cargadas de humor. Se lo vio  muy despierto y acertado, tal cual uno se lo imaginaba al leer su novela. Su lucidez e ingeniosidad daban ganas de ir a algún lugar tranquilo y sentarse a escribir, para ser un poco como él. Él intentando ser como Aira, nosotros queriendo ser como él, y continuando, así, el círculo virtuoso de la literatura.

            Pasaron dos semanas y tuvimos la oportunidad de vivenciar una experiencia similar y a la vez antagónica: esta vez nos visitó el reconocido escritor Martín Kohan.
            Durante la cursada del primer cuatrimestre habíamos leído una novela a elección entre tres: Dos veces junio, Cuentas Pendientes y Bahía Blanca. Éste había sido nuestro primer paso para ir conociendo al autor. El segundo paso fue, para aquellos a quienes nos gustó lo que leímos, googlearlo. Investigamos un poco y descubrimos que, además de escritor de varias novelas, ensayos y libros de cuentos; es crítico literario y profesor de la UBA. Las expectativas se multiplicaron y la ansiedad llegó a niveles no imaginados.
            Efectivamente, el encuentro se produjo. Esta vez no teníamos una imagen mental de cómo podría ser el autor, ya que no podíamos jamás identificarlo con el narrador de Dos Veces Junio, la novela que habíamos leído. En ésta, el narrador es un médico aprendiz funcional a la Dictadura del ’76, frívolo y desalmado. Por esto, más allá de la genialidad que, suponíamos, tenía Martín, su perfil estaba abierto.
            Para dar comienzo a la charla, Kohan nos advirtió que no sólo nosotros teníamos altas expectativas acerca del encuentro: él también estaba lleno de miedos y suposiciones por ver concretado el vínculo escritor-lector, sin el libro como intermediario. Describió su tarea como solitaria, ya que escribe para un otro conjetural, que no está.
            A continuación, Martín convirtió la charla en una clase, lo cual resultó maravilloso. No sólo tuvimos la posibilidad de interactuar con un escritor de renombre, sino que, además, nos contó su “fórmula ganadora”. Su enseñanza se refirió a la narración y los modos de narrar, empezando con una introducción acerca de la tan bastardeada dicotomía forma/contenido en términos de “la narración” y “lo narrado”, respectivamente. Expuso que, si bien es una reducción, es necesario tenerla en cuenta y debe ser recuperada. Claro está que no son dos objetos, ya que no hay  nada del orden de lo narrado que exista independientemente del orden de la narración.
            La hipótesis que el escritor sostiene y sobre la cual hizo hincapié durante toda la charla es que la literatura es la pregunta por el “¿Cómo decir?”, más que por el “¿Qué decir?”. Sin embargo, explicó que existe una literatura de “lo narrado”: ésta hace de los libros una mera mercancía, alejándolos del arte. Se habla de la temática y se llega a transformar una buena historia en una historia que vende. Martín se opone a esta idea y afirma que una buena historia debe tener su pregunta fundante en el cómo. Contó, para ilustrar la parte capitalista del arte escrito, su experiencia en la Feria del Libro de Frankfurt. Comparó la situación que había vivido con la Bolsa de Valores de Tokio, y según sus palabras “era la expresión descarnada del comprar y vender historias”.
            Una vez hubo aclarado que lo más importante en literatura es la narración, nos explicó cómo narrar.  Es decir, nos dijo que nos preguntáramos por el cómo y nos dio una ecuación para la respuesta. Las decisiones sobre la narración son decisivas ya que van a determinar la forma del texto en su totalidad. Inventarlo es el primer paso de la historia, es la primera ficción. Encontrar el narrador de una historia significa darle un tono y una distancia: especificar la relación que va a haber entre la narración y lo narrado. Luego tradujo a qué se refería con estos términos. El tono expresa los matices del texto: ironía, afectividad, odio, preocupación... A la distancia, si bien no encontró las palabras precisas para definirla, la ilustró de modo muy acertado y entendible comparándola con “eso que hace un pintor”: se puede pegar a la tela para ver el detalle más minúsculo, o también puede dar dos pasos para atrás y así ganar perspectiva panorámica, visión de conjunto.
            Otra forma de establecer la relación entre el narrador y lo narrado es definir cuánto sabe este narrador. El narrador que se acostumbra a utilizar, sobre todo cuando es un narrador de tercera, es aquél que sabe más que el lector y de a poco va soltando la información que tiene. Por eso se lo llama omnisciente. Kohan nos planteó la posibilidad de crear un narrador que no sabe, donde el lector está un paso más adelante que el narrador.
            Cuando se construye un texto se crean distintos tipos de relaciones y distintos tipos de identificación posibles: existe una identificación entre el autor y el narrador, o entre este último y el lector, o incluso entre el lector y otro personaje. Sin embargo, así como se puede generar identificación, también se pueden construir opuestos, crear antagonismos.
            Como cierre de su exposición, concluyó que la vieja dicotomía forma/contenido estanca cuando es pura forma, o puro contenido. Lo ideal, que lleva a la construcción de buenas historias, es que el contenido importe solamente como emanación de la forma: lo narrado es constituido por la narración.
            Al terminar su discurso sobre qué entiende él por literatura, Kohan se dispuso a contestar pregunta. La primera duda que se le planteó se refirió a su forma de escribir. En primero lugar, hizo la distinción entre lo que entiende como texto y lo que entiende como libro, siendo el texto lo que es construye en el proceso de  escritura y el libro el texto que devino mercancía accesible para todo público. Contó que él escribe a mano, con una lapicera pluma que le regalaron sus padres cuando se doctoró, y en un cuaderno de doscientas hojas marca Rivadavia. Describió el placer físico que le provoca el acto de trazar letras en la hoja, por su textura, su olor, por la forma en que uno, toca, sujeta, abraza el texto cuando lo escribe. Agregó que ha intentado hacerlo en la computadora, pero fue un fracaso, ya que “el ritmo en que aparecen las palabras en mi mente se acompasan con el ritmo de escritura a mano”.
            Otra pregunta fue “¿Qué pasa si tiene que reescribir un largo fragmento?”. En ese caso, desecharía lo que está escribiendo: a un texto le hace pocas correcciones, contrariamente a lo que cualquiera puede imaginar. Sí agrega anotaciones a los márgenes o a pie de página. Reveló que es más común en él agregar oraciones o palabras antes que tachar algo que escribió. A lo sumo reescribe una frase, pero no la elimina. Corregir es escribir, concluyó como respuesta.
            Confesó que antes de sentarse a escribir necesita tener todo muy bien pensado. Es menester haber previsto el narrador, y la idea, es decir las historias que se va a relatar. En este momento Kohan logra eliminar los parámetros de  escritor que uno tiene incorporados, abriendo un mundo de posibilidades. Contrario al escritor aventurero y excéntrico que uno siempre imagina, reveló que no le gusta la incertidumbre, la sorpresa, el titubeo; necesita tener todo calculado previamente. No obstante, agregó que el texto también sigue una lógica que debe ser seguida: no sólo él decide cómo continuar, el relato también tironea.
            Hubo más preguntas, sobre todo acerca de los libros leídos. Respondió dudas referidas a la forma de escritura de Dos veces junio: tal como estaba escrito en el libro estaba en el texto, ya que si, por ejemplo, lo que buscaba al relatar la formación del equipo argentino era generar suspenso, y a la vez un poco de agobio, él también debía sentir eso mismo. Los fragmentos de los cuales está formado cada capítulo, consiguen crear, entre cada uno de ellos, un silencio cargado de tensión, una pausa insoportable, como si se tratara de una ópera. En cuanto a la numeración de los capítulos, expuso que se debía a la frivolidad numérica que supone la tópica principal de la novela: calcular la edad a partir de la cual se puede torturar a un niño.
            En cuanto a Cuentas pendientes dijo que no es una novela acerca de lo que la narración relata, sino que es acerca de lo que cuenta la narración. “Es puro narración, puro punto de vista”. Está escrita en primera persona, pero parece en tercera. Empieza con la frase “Tengo para mí…” convirtiendo todo lo posterior en puras conjeturas. Aquello que parecían certezas debido a la narración en falsa tercera, era pura suposición. Esa suposición es la imaginación del narrador, y la plantea en la novela como algo terrible, algo no grato. Imaginar, que supone algo lindo y positivo, se transforma en una tortura, un agobio.
            Una compañera bahiense comentó que había elegido leer Bahía Blanca, y preguntó qué era lo que lo llevó a elegir dicha ciudad. Para dar respuesta Kohan aclaró que nada de lo que dice sobre la ciudad del sur de Buenos Aires es lo que él piensa, y volvió a decir algo que desencajó al alumnado, apartándose otra vez de los parámetros  y del estereotipo del escritor: “Yo no pienso nada de los lugares a los que voy. No soy curioso, carezco de esa virtud” y agregó “yo como milanesas con puré donde esté”. Un escritor no curioso es para mí algo inconcebible. Una vez hubo esclarecido esta cuestión, contó que lo que lo llevó a elegir la ciudad de Bahía Blanca fue su fama de yeta. Define a su libro como una novela mitológica, ya que la ciudad de la que trata está cargada de negatividad.
“Una novela son constelaciones de ideas que se tocan entre sí”, sostuvo. Por ejemplo, en Dos veces junio los esquemas eran: la tortura del niño, contar una historia en una noche, que esa noche pierda su único partido el equipo argentino del mundial del ’78, contar ese mundial en clave de tristeza y no en clave de alegría… Por otro lado, en Bahía Blanca, las ideas que se entrecruzan son la yeta y el olvido, sin mencionar que tanto el nombre de la ciudad como el del puerto hacen referencia al blanco, como la frase “ponerse en blanco”, es decir, olvidar.

Siempre que uno lee a un autor, sobre todo cuando lo hace en el ámbito escolar, lo vuelve mítico, inaccesible, lejano en tiempo y espacio, inalcanzable. A partir de esta experiencia, los alumnos pudimos humanizar a aquella persona que se encuentra detrás de los textos que leemos. Al encontrarnos con Kohan y con Idez no sólo pudimos convertirlos en seres de carne y hueso, sino que además tuvimos la posibilidad de identificarnos con ellos en diversos aspectos, como la timidez de Ariel, o la carencia de curiosidad de Martín.
Fue muy distinto reírse de las aventuras del Enano Más Sexy del Mundo, que reírse con el autor de dichas aventuras. Fue totalmente diferente (y mucho más difícil) tratar de desenmarañar las tácticas y estrategias de narración que utilizó el autor de Dos veces junio, a que él nos las contara una por una, dándonos el pie, incluso, a que creemos nuestros propios métodos de contar una historia.


Tuvimos la oportunidad de vivenciar algo que nos desarticuló, sacándonos del lugar cómodo en que estábamos. El hecho de que un escritor sea terrenal y esté a nuestro alcance, nos obliga a no quedarnos sentados, evidencia nuestra haraganería y nos exige movernos.